Capítulo sE ALQUILA HABITACION EN PISO COMPARTIDO

CAPÍTULO 15

¿Así que la desolación era esto?

Olivia

Madrid, 15 de mayo de 2020

He tenido una mañana de locos y la tarde ha sido aún peor. No he parado ni un minuto y ni siquiera he podido echarle un vistazo al teléfono.

Le había dicho a Loren que seguramente volvería pronto a casa; tengo unas ganas tremendas de mandarle un wasap para que no se preocupe. Pero es que… ¡lo que ha pasado! ¡Cuando se lo cuente, no se lo va a creer! ¡Buah! Y Conchi, aún menos que él.

Desde que, al llegar a la oficina esta mañana, uno de los jefazos me ha pedido que lo acompañara a su despacho, me tiemblan las piernas. Encontrármelo en Marketing Connection ya ha sido un shock; ellos nunca se acercan por aquí, siempre delegan en Martín. «Delegaban», me recuerdo.

No puedo evitar que una risita absurda escape por entre mis labios. ¿Quién hubiera dicho, hace solo dos meses, que hoy por hoy me sentiría la mujer más afortunada del mundo? Yo no, desde luego.

Abro la aplicación y empiezo a teclear un mensaje para Loren, aunque lo que quiero de verdad es oír su voz. Lo he echado tanto de menos hoy… Tenía tantas ganas de contarle el notición… Si no fuera porque entre unos y otros no me han dejado ni respirar en todo el día, ya lo hubiese llamado.

Mientras busco su número en la agenda del móvil, Miriam entra en el despacho que compartíamos.

—Tía, no me puedo creer que no vayas a estar sentada en esa mesa todas las mañanas cuando llegue.

—¿Me lo dices o me lo cuentas?

—¿No tenías ni idea?

—¿Quién lo iba a pensar? Sigo sin terminar de creérmelo. No me parecerá real hasta que no se lo cuente a Loren y a Conchi.

—¿Al troglodita?

—No lo llames así, sabes que ya no me parece tal cosa.

La risa de Miriam invade nuestro cubículo.

—Creo que nunca te había visto tan colada por un tío. Estos días pasados, podía ver las chiribitas de tus ojos a través de los mensajes que me has escrito.

Le hago una mueca, medio en serio, medio en broma, y después río yo también. Tiene razón: estoy loca por Loren y ya va siendo hora de que se lo haga saber.

Me entran unas ganas rabiosas de correr hacia casa. No lo llamaré; le daré la sorpresa cuando llegue. Le diré lo feliz que me hace y lo mucho que lo amo justo antes de anunciarle que se encuentra en presencia de la nueva directora —ojo, a Martín nunca lo llamaron así— de Marketing Connection.

—Martín no se lo ha tomado demasiado bien, a juzgar por la cara de cabreo que tenía cuando ha salido de aquí a toda prisa. —Miriam me saca de mis pensamientos de forma abrupta.

En mi boca se dibuja una sonrisa torcida y algo maquiavélica.

—No tengo claro si el enfado ha sido por su «destitución» —enfatizo, porque en realidad él solo era nuestro jefe de facto, nunca nos lo presentaron como tal. En cambio, sí han anunciado que yo seré la jefa, a todos los efectos, en la reunión de esta mañana— o porque le he hecho la cobra. —Esto lo añado con la boca pequeña. Me da un poco de vergüenza, hasta que recuerdo que estoy hablando con Miriam, que está al tanto de lo mucho que me gustaba Martín antes de la cuarentena.

—¿Que has hecho qué?

—Pretendía besarme, el muy capullo.

—¿Ahora que estás con Loren? Pero ¿de qué va?

—Te juro que no lo sé.

—Dijiste que se lo habías contado, ¿no?

—Sí, sí. Me ha llamado casi a diario desde hace un mes, así que le dejé las cosas claras. Además, él está viviendo con su novia. En serio que no lo entiendo.

—Hay gente así. —Miriam se encoge de hombros.

—Así, ¿cómo?

—No sé. Así… así… —Señala con las manos un cuerpo invisible—. Gente que no te presta atención hasta que descubre que estás con alguien más y se da cuenta de que ya no puede tenerte.

—Pero no es el caso. Vale, solíamos tontear —Miriam pone los ojos en blanco ante el eufemismo—, pero nunca llegamos a nada.

—¡Es lo que te digo! A Martín le encantaba tenerte al alcance de la mano, y cuando ha visto que hoy no te comportabas con él como solías hacerlo, ha pasado al ataque. Como si estuviera marcando territorio. ¡Qué animales son los tíos!

—Sea lo que sea, se ha ido más cabreado que un mono.

—Ya se le pasará. —Sacude una mano en el aire para quitarle importancia y después esboza una sonrisa radiante—: Y tu «novio», ¿qué ha dicho de la gran noticia?

—Todavía no se lo he contado. Estaba a punto de llamarlo cuando has entrado tú. Creo que mejor se lo digo en persona.

—¿Y qué haces todavía aquí, si puede saberse?

—¿Hablar contigo?

—Anda, vete echando leches para casa, que me parece que ya has cumplido con creces para el primer día.

Me río, tanto por los nervios como por la ilusión ante el giro que ha dado mi vida y por empezar el proyecto que me han propuesto los jefazos. Me siento muy feliz, y supongo que de alguna manera se tiene que notar.

Llego al piso y me sorprende encontrarlo a oscuras. Mi buen humor se esfuma de un plumazo cuando entro en la sala de estar y descubro que los ordenadores de Loren han desaparecido.

¿Qué ha pasado aquí?

Me dirijo a su habitación, que apenas hemos utilizado este último mes, y se me congela la sangre en las venas cuando veo la cama sin sábanas, con las mantas y la almohada pulcramente dobladas sobre ella. Un vistazo al armario, que tiene las puertas abiertas, me confirma lo que ya sabía. Loren se ha ido.

¿Qué? ¿Cómo? Puedo incluso oír cómo tartamudea mi voz interior. Las cejas se me fruncen tanto que me duele la frente.

Lo llamo al móvil una, dos, tres, cuatro veces y salta el contestador cada una de ellas.

Busco por toda la casa, por si hubiera dejado una nota. Nada.

Ya hace un rato que estoy llorando cuando me percato de que las lágrimas empapan mi camiseta.

¿Qué cojones…? No entiendo nada. Cada vez estoy más nerviosa y enfadada.

Paso del frío al calor, buscando alguna pista sobre la desaparición de Loren, pero no doy con ninguna. Me siento como si el piso diera vueltas a mi alrededor, igual que un mal viaje después de haber fumado un porro. Tengo la sensación de que estoy en una pesadilla y solo quiero despertar. Por encima de todo, una pregunta resuena en mi cabeza de forma recurrente: ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

El teléfono suena y me abalanzo sobre él esperando, deseando con todas mis fuerzas, que sea Loren quien llama y que tenga una buena explicación para esto.

—Loren —grito desesperada en cuanto descuelgo. Ni siquiera he comprobado quién me llama, pero tiene que ser él; tiene que decirme a qué ha venido lo de abandonar el piso de esta manera.

—No, petarda, soy Conchi. ¿Dónde está Loren a estas horas? Son casi las nueve de la noche.

—No está, se ha ido —respondo como un autómata.

—Hombre, lo supongo. No me hubieses gritado de ese modo si estuviera ahí, contigo.

—Se ha ido, Conchi.

—Eso ya lo has dicho; supongo que estará al caer, no te agobies. No es como si por la noche cobraran vida los zombis y en la calle corriera peligro, o algo así.

—No me escuchas —le grito a mi amiga, que no tiene ninguna culpa—. Se ha marchado, se lo ha llevado todo, absolutamente todo. No está.

—¡Hostia! ¿Os habéis peleado?

—Ojalá. Si fuera eso, sabría qué está pasando. Pero es como si hubiese entrado en una dimensión desconocida. Esta mañana estaba todo bien y ahora… No sé qué ha podido pasar, pero no está, no está…

—Para, Olivia, estás empezando a barbotear. Vamos a ver. Explícame qué ha sucedido, pero despacio, para que yo pueda seguirte.

Me muerdo el labio y, de un manotazo, me limpio las lágrimas que manan de mis ojos sin que pueda evitarlo.

—Esta mañana he ido a trabajar. Pensaba que volvería pronto porque, en teoría, solo tenía una reunión. Después, las cosas se han complicado; acabo de llegar, y Loren no está.

—Habrá salido a comprar algo. ¿Lo has llamado?

—Media docena de veces.

—¿Y?

—Y nada, no ha contestado. Además, te he dicho que se ha llevado todas sus cosas, incluidos los ordenadores que había instalado en la sala de estar.

—Será que va a volver a trabajar desde la oficina…

—No, no es eso. Su jefe estaba encantado con el hecho de que lo hicieran todo desde casa. Además, se ha llevado la ropa y ha deshecho la cama. Es como si nunca hubiera estado aquí.

—Espera, espera. ¿No te ha dado ninguna razón? ¿No te ha dicho nada?

—Nada de nada, Conchi, joder. Que no me escuchas.

—Es que eso no se corresponde para nada con la forma de actuar de Loren. ¿Seguro que no habéis discutido?

—Que no, ¿cómo tengo que decírtelo? —Mi llanto silencioso ha dado paso a hipidos e inhalaciones forzadas. No me puedo creer que me haya descontrolado de esta forma. Estoy teniendo un ataque de nervios en toda regla.

—Tranquilízate, cariño, seguro que hay una explicación. Me parece tan raro. ¿No será que su hermano se ha contagiado y se ha trasladado a su casa para cuidar de él? ¿No trabajaba en una funeraria o algo así?

—¿Sin decirme nada? No me coge el teléfono, Conchi.

—A lo mejor está en la UCI… ¿Sabes qué? Voy a llamarlo yo, a ver si responde y nos saca de dudas. —Conchi cuelga sin que yo pueda rechazar esa opción, porque sabe que si me lo hubiese consultado, le habría prohibido hacerlo. Ya estamos mayorcitos para que nuestros amigos actúen de mensajeros.

El nerviosismo, la ansiedad, las ganas de llorar dan un vuelco en mis entrañas y empiezan a convertirse en ira. Una ira que puede palparse a mi alrededor.

Se supone que Loren y yo tenemos una relación. Admito que a lo mejor he sido un poco cobarde y no le he dicho cuánto lo quiero, pero ha sido porque no he tomado conciencia de la fuerza de mis sentimientos hacia él hasta que hemos pasado un día entero separados. En cambio, él sí me confesó que me quería. ¿Qué está pasando? No entiendo nada.

No hay explicación posible. Las cosas no se hacen de esta manera. Sea lo que sea lo que ha provocado que se marchara de casa a toda velocidad, seguro que le ha permitido escribirme dos palabras por WhatsApp, en el cuaderno de la entrada o donde fuera. Si no lo ha hecho es porque no ha querido.

Voy al baño para lavarme la cara. Sopeso meterme en la ducha y escaldarme con agua caliente, a ver si me calmo, pero incluso eso me da pereza. Estoy agotada. No puedo creer lo fácil que es pasar de ser la mujer más feliz del mundo a este estado de desolación. «Ni que Loren se hubiera muerto, joder», le digo al patético reflejo que me devuelve el espejo. «Para el caso, es como si lo estuviera», contesto con inquina.

El teléfono vuelve a sonar, pero ya sé que no será Loren quien esté al otro lado de la línea. Es Conchi. No sé si me apetece cogerlo.

—Dime —pregunto, con mucha más ansiedad de la que pretendo.

—Te ha visto besarte con Martín en tu despacho.

Al menos Olivia ya sabe por qué se ha ido Martín.

Yo creo que el chico va a tener que currárselo si quiere volver. ¿Tú no?

Si te ha gustado el capítulo, puedes contárselo a más gente. Estaré muy agradecida.

Y por si el martes no viste la entrada sobre el libro benéfico que he sacado en memoria de mi padre, puedes ver la información aquí.

Portada de 16 Diálogos de besugos y cuatro recetas culinarias
¡Comparte!
6 Comentarios
  • Kata
    Publicado a las 13:37h, 12 febrero Responder

    Ay que ya sabia yo que no podía ser verdad!!!! Uy Loren se te viene pesadilla la pista eso no se hace cobardica… espero q te esfuerces un poquito por Olivia y por ti mismo muchacho … pero ya te digo que yo te la haría muy difícil por pavo… 😉…

    • Maria Ferrer Payeras
      Publicado a las 13:48h, 12 febrero Responder

      Jajajaja, ya te digo yo que, fácil, no lo va a tener!!
      Gracias por comentar, preciosa.

  • Elizabeth Calvo Corbacho
    Publicado a las 11:47h, 13 febrero Responder

    Bueno bueno, está claro que se ha equivocado en su forma de actuar, pero por favor no se lo pongas muy difícil, que no quiero sufrir por él 😔

    • Maria Ferrer Payeras
      Publicado a las 12:15h, 13 febrero Responder

      Bueno, al menos un poquito sí, ¿no te parece?
      Es que si no, qué emoción tendría??
      Un beso, gracias por comentar

  • Eva M. Florensa Chanqués
    Publicado a las 07:49h, 19 febrero Responder

    Uí.. Uí.. Uí.. A Loren le van a pasar factura. Olivia se va a cobrar cada una de sus lágrimas. 💕🌹

Deja un comentario